Cómo se preparó y cómo vivió el concierto María Rosa Oliva, presidente del club de fans del cantante
mejicano.
Ayer temprano empezaron a ocupar posiciones en la puerta del Chateau. Aglutinados por ansiedad, euforia
o por el ánimo singular que habilita al juego de ejercer el fanatismo por algunas horas, muchos de los
miles de espectadores que asistieron a la escala cordobesa del Cómplices Tour tuvieron como denominador
común el color rojo.
En el diccionario de significados atribuidos a los colores, desde hace algunos años el rojo también quiere
decir amor incondicional por Luis Miguel. Esa fue la idea del club de fans Simplemente, responsable de la
campaña que desde 2003 invita a los seguidores del cantor mejicano a vestirse de rojo en los conciertos
que presenta en la ciudad y que anoche consiguió adhesión masiva en el Chateau Carreras.
Banderas, remeras, vinchas, gorras, carteles o bandanas, la marca cromática tiñó el show como una insignia
y repitió en mayor escala lo que en 2003 comenzó a propulsarse como una consigna desde el club de fans local
Simplemente. María Rosa “Kitty” Oliva es su presidenta desde hace casi 15 años y la respuesta del público
la emociona.
No es extraño, entonces, que a la hora del show, Kitty se ubique en la primera fila, en el lugar que les
corresponde a las fans incondicionales, justo en frente del ídolo, de cara a ese sector del escenario
donde Luis Miguel parece sentirse más cómodo y cantar mejor.
Emocionada por este nuevo encuentro con el objeto de su devoción, no puede estarse quieta ni un solo
instante. Salta, se para en punta de pies, sonríe a todos los que le pasan cerca, vive el momento con
una intensidad envidiable. Y no para nunca de sentir y de latir. Con una mano agita los globos rojos,
que simbolizan el amor de las cordobesas por el romántico mejicano, y con la otra sostiene un celular
muy cerca de su oído.
La capitana del club de fans cumple con el ritual de ser la hincha número uno de Luis Miguel. Y cuando
termina el show, a las 23.30, toda la carga emocional permanece en ella como una fuerza. Seguirá latiendo
en su corazón hasta la próxima vez que escuche a su ídolo en vivo.
Cómplice confesa. Horas antes, en su casa de barrio Ampliación América, Kitty ordena carteles y banderas,
afiches de la gira de su ídolo y recuerdos de su historia como fanática. “Entre él y yo está la gente”,
dice, con más de la mitad de su vida asociada al ejercicio de un rol que eligió y construyó en la periferia
de la periferia. La frase resume también el motivo por el que sigue presidiendo la organización que dirige
junto con su hermana Valeria. “Lo que me da ganas de seguir con esto es el vínculo con la gente, ver cómo
lo poquito que uno hace le da satisfacción a otras personas”, dice y apunta que entre los casos que más
la conmueven está el de Mariela, una chica con síndrome de down que desde hace 10 años está en el club y
aporta buena parte de la alegría necesaria para seguir adelante con el proyecto.
Cadena evolutiva. “Esto empezó en 1993, cuando yo tenía 13 años y lo veía a Luis Miguel como un ídolo,
con una mirada más infantil que ahora, muy parecido a lo que les pasa a los chicos de ahora con Casi Ángeles”,
cuenta Kitty. En 1994 constituyó formalmente el Fan Club Simplemente y ella dice que entonces tenía una
visión bastante superficial de las posibilidades de una organización. “Con el tiempo fui creciendo,
evolucionando y comencé a ver esto desde otro punto de vista. Empezamos a utilizar la faceta social del
proyecto y se sumó el apoyo de la gente”, cuenta.
Entonces el foco pasó a aprovechar la popularidad de Luis Miguel para convocar voluntades y hacer obras de
caridad. El año pasado, para el cumpleaños del mejicano, lanzaron la campaña 19 de abril: Es muy sano soñar,
a beneficio de la escuela Pampa de Achala. La red de fans consiguió llenar tres vehículos con útiles para la
escuela, pintura, elementos de cocina, implementos varios. “La gente apoya mucho y por eso digo que el
fanatismo fue evolucionando y se convirtió en algo más grande”.
Contigo, té y galletitas. Kitty tiene hoy 28 años y está por recibirse de abogada con un promedio de 9,5.
En su habitación ya no hay marcas de la euforia de fanática de su adolescencia, cuando coleccionaba todas
las revistas que salían con alguna noticia de Luismi y tapizaba las paredes con pósters y retratos desde
todos los ángulos. “Cuando era chica era muy fan, estaba con mucho furor. Me acuerdo en el ‘94, la primera
vez que vino. En esa época mi mamá nos dejaba plata para que comprara comida para mí y mis hermanos y nosotros
no gastábamos nada. Tomábamos té y galletitas y esa plata la juntamos para comprar las entradas para ir a ver
a Luis Miguel. Nos alcanzó para las más baratas y lo vimos de la última fila, pero fue hermoso”.
La cuestión gastronómica siguió relacionada con el fanatismo de Kitty. Cuando estaba en la secundaria vendía
empanadas en la escuela para juntar plata para ir a los shows y los días de los conciertos eran los únicos
en los que faltaba a clases. “Incluso pedía que me adelantaran las pruebas para poder ir a verlo”, dice.
Hacer la diferencia. De aquel entusiasmo sólo queda una prueba en su casa familiar. Un póster con una foto
autografiada que le envió al club de fans en 1999, en agradecimiento por la campaña de aquel año a beneficio
de niños con capacidades especiales.
¿Por qué tanto amor, durante tanto tiempo? Kitty dice que ahora se trata de mucha admiración profesional, que
le gustan millones de artistas pero que admira a aquellos que hacen bien su trabajo a lo largo de todas sus
carreras. “Luis Miguel canta muy bien, me gusta mucho su voz, es cautivante. Y lo del fan club lo hago por
amor al arte, por una satisfacción muy personal. Me llama mucha gente y puedo conocer diferentes situaciones.
Sé que lo que puedo hacer causa alegría y ése es mi beneficio, mi verdadera satisfacción”.