Ya en el show, nadie se resiste a cantar los temas de 'El Sol'
Guadalajara, México (15 febrero 2009).- Basta que las luces se apaguen, para que una aguda
gritería inunde el Auditorio Telmex.
El público, femenino en su amplia mayoría, estalla en júbilo cuando Luis Miguel aparece en escena,
después de que su decena de músicos le han arrancado las primeras notas a sus instrumentos para
que los ingenieros de sonido, con sus gigantescas consolas hagan los últimos ajustes.
Las fans están entregadas, antes de que Luis Miguel emita siquiera una palabra, y basta una
sonrisa para que los decibeles suban aún más su intensidad; en el futbol equivaldría a iniciar
un partido con el marcador 1-0 a favor.
No estoy ahí, en el asiento 96 de la fila K de la Zona Lila por iniciativa propia, sino a petición
de mi esposa, a quien veo tener otra vez 15 años: Aplaude, grita, salta, canta... se emociona.
Es la función del viernes en la noche, la primera que salió a la venta y que congrega a las fans
de hueso colorado, quienes no dejan una sola butaca vacía en el Telmex.
Y ahí está Luismi, con su traje azul marino, tan elegante; su corbata, tan impecable; su sonrisa,
tan blanca; su piel, tan bronceada; su pelo, tan... esponjado. Inconfundible, tan fiel a la imagen
que él mismo se ha creado y al mito que él ha logrado mantener vigente.
El auditorio canta a una sola voz ya para la segunda canción, mientras "El Sol" estrecha las manos
de las fanáticas de primera fila, quienes llegan a oler su loción y se vuelven la envidia del resto.
El artista se entrega, mantiene contacto visual con los diferentes sectores del auditorio, baila,
sacude el micrófono y varía las formas de cantar las estrofas. Es el delirio.
Hora de salir por un tequila, que cuesta 130 pesos, y encontrarse en la fila a una mayoría masculina
que comenta de todo, menos del concierto.
Adentro, el prodigioso guitarrista no equivoca ni una sola nota, su bajista transmite energía, sus dos
tecladistas -incluido uno que maneja una Laptop, en la cual vienen algunas pistas de instrumentos no
presentes- ejecutan a la perfección; el baterista y el percusionista llevan el ritmo, pero es el
cuarteto encargado de los metales quienes sobresalen con su potente pulcritud. Músicos, todos ellos,
de primerísima categoría.
Imposible no sentir esa energía, o al menos eso creo, hasta que veo al vecino de butaca, otro marido
entrado en los 50 y con el pelo encanecido, que permanece impávido, con los codos recargados en las
rodillas y su mano sujetando su barbilla.
Y es entonces cuando las primeras imágenes de cuatro aviones aparecen en las pantallas, junto al
inconfundible solo de entrada de la "Incondicional", que agolpa los recuerdos; luego, a pararse a
bailar "No culpes a la noche" y no culpo al tequila sino al ambiente que se contagia.
Por eso, no importa que el sonriente mariachi esté haciendo playback, cuando hay que cantar "México,
te llevo en el corazón" y gritar a lado de mi esposa con las rancheras al estilo de Luismi.
Después de cuatro cambios de vestuario, casi dos horas de concierto, la clásica "otra, otra" y
muchos recuerdos que vienen a la mente, termina el concierto. Hasta el último centavo desquitado
en el show y un sentimiento de que faltó alguno que otro éxito.
¡Larga vida a Luis Miguel!