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De lo sublime a la estridencia, la noche que Luis Miguel se llevó a Puebla en la piel

pueblaonline.com.mx / por Álvaro Ramírez Velasco
12/05/2018

En un concierto que ofreció con la voz plena, el ánimo entero y festivo, y en el que desplegó una inusual interacción con el público, Luis Miguel Gallego Basteri abarrotó la Acrópolis de Puebla, en un concierto que surcó de lo sublime de los boleros, a la celebración del mariachi, con escalas en su repertorio pop, que desataron la estridencia de sus seguidores desde las butacas.

Por más de dos horas y media, el intérprete navegó en tres tiempos por sus éxitos: de las canciones de su etapa ochentera y de los 90, pasando por las de su más reciente producción, “México en la Piel”, con remansos que dejaron ver al crooner, que puede ir del susurro a la potencia de las cuerdas vocales.

Los recientes tropiezos en otros escenarios, reportados en medios y redes sociales, ni siquiera se asomaron esta noche de martes en Puebla.

Hacia las 20:45 horas, Luis Miguel aterrizó en helicóptero a un costado del Estadio Cuauhtémoc, para casi de inmediato subir al escenario del recinto que tiene un aforo para 10 mil 500 personas y que lució pletórico.

Arrancó la presentación con su repertorio bailable, pero fue en los boleros y sus baladas añejas, como “Culpable o no”, “Fría como el viento” y “La Incondicional”, cuando lució más la voz.

Al público de distintas generaciones, desde los y las fans con medio siglo de edad, hasta las y los jóvenes de veintitantos, Gallego Basteri lo estremeció y en varios momentos dejó que la anónima voz masiva cantara sus temas.

Al finalizar con el acompañamiento del mariachi su más reciente sencillo, “México en la piel”, en uno de los momentos climáticos, Luis Miguel soltó la demagoga cortesía y dijo “¡así se lleva Puebla!”, parafraseando su propia canción.

La estridencia de los aplausos y los gritos festejaron su desplante.

EL CROONER

En el recinto de la Colonia Maravillas, el puertorriqueño naturalizado mexicano tuvo momentos de intimidad con su público, sobre todo al cantar, con sublime cuidado, el bolero “Contigo en la distancia”, del cubano César Portillo de la Luz, y acompañado solamente por un ejecutante al piano.

Luis Miguel dejó escucharse como crooner, ese cantante que susurra, que embelesa y con paciencia va tejiendo las palabras, pero que en su propio estilo da luego paso a la explosión de la voz a todo pulmón.

Antes, al arranque del concierto, Gallego Basteri tuvo momentos muy breves de incomodidad con el volumen de los auriculares que le sirven como monitores, por lo que debió llamar a un asistente para darle indicaciones al oído en pleno escenario.

La premura de su llegada, prácticamente del estribo del helicóptero a las tablas, seguramente le impidieron hacer el sound check.

Salvo alguna otra ocasión en que pidió con señas más potencia para el micrófono alámbrico con el que cantó, su presentación transcurrió sin más incidentes técnicos.

Se le vio de buen humor, con tiempo para el contoneo sexy que hizo la delicia de los ojos femeninos, y con la figura prácticamente recuperada del sobrepeso de otros tiempos.

En el repertorio privilegió sus éxitos más conocidos y le dio espacio al público para subirse a las letras de canciones emblemáticas de “El Sol”, como “No sé tú” y “Por debajo de la mesa”.

Una participación especial, intensa, del público maduro, vino cuando el cantante de 48 años fue a la lejana referencia de sus inicios, con “No me puedes dejar así” y “Palabra de Honor”, que como muchas otras, cantó en popurrí.

LA HÁBIL IMPROVISACIÓN

Luis Miguel fue durante las dos horas y media de su presentación dueño absoluto del escenario y, con maestría, abundó en improvisaciones sobre sus temas.

Lo mismo fue a tonos altos, incluso se montó en octavas superiores, que lo mismo entró a propósito variando las letras o entonado en anacrusa, en estético destiempo, sus melodías.

En un momento, pidió a los poblanos “enciendan sus celulares”, cuando ya era notorio que disfrutaba él también el concierto y hasta sonreía a los integrantes del mariachi y el resto de la alineación de sus músicos, en la que destacaron sus dos coristas, quienes secuestraban las miradas masculinas.

Con tarareos en escalas melódicas, Luis Miguel presumió la voz, de los tonos graves a los agudos y hasta los muy muy agudos, cuando se contrapunteó con su saxofonista y los dos lucieron.

El final fue el momento de desmán puro, con confeti desde el techo de la Acrópolis y pelotas con las que jugueteaba el público, mientras él lanzaba rosas blancas, mientras se dejaban escuchar las últimas notas de “No culpes a la noche”.

Luis Miguel Gallego Basteri dejó el recinto y pareciera que se fue satisfecho. Dijo, y no habría por qué no creelo, que se llevó a Puebla en la piel.

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