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Cómo fue el show de Luis Miguel en Córdoba

Por Emanuel Rodríguez / vos.lavoz.com.ar
10/27/2012

Este viernes, el cantante mejicano ofreció un show impecable, marcado por una insólita simpatía. Unas ocho mil fans, agradecidas.

Las fans de Luismi tiene ese no sé qué. Un encanto histérico y poderoso. Un amor a prueba de esperas, tan incondicional como agradecido. Había que ver a las semidiosas de remeras rojas ensayando un coro como si una manifestación del Suoem se hubiera reducido en consignas a un "¡simplemente! ¡Luis Miguel!

Ellas le dieron el color a una previa que podría describirse como de varios meses y años pero que concentró su intensidad con la caída del sol detrás del Orfeo.

Una vez abiertas las puertas el comportamiento más habitual de las chicas era el siguiente: una caminatita medio al trote hasta el comienzo de la fila de butacas, un zigzagueo extrañamente sensual hasta la butaca numerada y finalmente un repiqueteo de impaciencia, un "chui" de nervio e incredulidad onda: "No puedo creer que falte tan poco".

A las 21.28 se apagaron la luces y comenzó un atronador griterío que iba a ser casi constante: gargantas puestas en situación de deporte extremo y dispuestas a demostrar hasta la afonía la sumisión al Rey.

Una intro y luego los acordes de Mujer de fuego le dieron el marco al ingreso de Luis Miguel: de traje negro y corbata negra, quizá un toque bronceado de más. Quizás, pero ¿quién osaría discutir la colmación estética que significó el mejicano para las casi ocho mil personas que estaban ahí? Una dentadura blanquísima y reluciente terminaba de coronar esa prestancia de estrella acostumbrada a las galaxias.

"Vamos a encontrar ese lugar que nos hará soñar", cantaba Luismi, como si sus chicas no hubieran encontrado ya ese espacio, definible geográficamente como un semicírculo alrededor del cantante.

Con el transmisor del mic en la mano, Luismi simulaba involuntariamente tener un control remoto para dominio de la masa: si la mano iba hacia la derecha, el ala derecha gritaba. Si la mano iba hacia la izquierda, llegaba el grito izquierdo. Y así: entre tremendas ovaciones desesperadas, comenzó a transitar el mejicano un show destacado por su simpatía: "Es un bombón", decía una de las fans que descubrió a los periodistas: "Por favor, pongan que es un bombón y que está divino y que nada que ver con la otra vez que vino que estaba como loco con el sonido".

"Mi amor, estás divino. Te amo Luis" es lo que sonaba también como hit desde la pista. Suave y Si te vas siguieron en esa dinámica de éxtasis, y después vino un corto speech ganador: "Maravilla de público, guau", dijo el hombre más amado de la noche. "¿Qué tal si nos ponemos un poco románticos", continuó, y les dedicó Contigo a la distancia "sobre todo a las que vienen de rojo", que es el color del fans Club Simplemente Luis Miguel.

El Orfeo se transformó en un ir y venir de cuerpos y brazos al compás de una ligera deseperación. A cada silencio de la banda le correspondió un griterío de piropos varios. Todos eran hits para esa turba encantadora: no hubo verso que no fuera coreado por la multitud, como no hubo gesto de Luismi que, por mínimo que fuera, no haya tenido como respuesta una avalancha autocontenida.

Llegó No sé tú, que demolió lo que quedaba de la resistencia de los más reacios, e instaló una atmósfera sexual en la platea. Las canciones tienen su clímax, sus momentos de entrega y abandono: bueno, habría que imaginar un clímax dentro de un clímax, o pequeños orgasmos dentro de otro inconmensurable. No faltaban las fan que miraban a los costados preguntando a cada rato cómo es posible que no te dejen fumar en un recital así. Un pucho hubiera venido muy bien. Hubiera tenido cierta coherencia de alcoba.

Humedad y alegría
Parado al lado de una banqueta, de rigurosa sonrisa interrumpida apenas por los esfuerzos de vocalización y por esa elegante y precisa mímica de entrega romántica que él ha sabido convertir en un sello de sus performances, Luismi contemplaba el efecto húmedo y sudoroso de su presencia.

Después llegó el momento de los popurrís: una selección de música para chapar a morir o quemar todas las naves en la recuperación de un amor perdido. La gente, agradecida y enamorada, sumamente activa, no dejaba de declararse a merced.

La mínima platea masculina participaba en roles laborales: o eran fotógrafos o eran acompañantes que debían divertirse con el griterío, sumarse tímidamente a una coreografía en la que siempre resultarían extranjeros, inmigrantes ilegales un poco dejados de lado de toda fiesta, o bien regodearse con disimulo en la observación de la coreuta, una sirena de delicada belleza canónica.

De repente una avalancha puso a prueba a los acomodadores: se rindieron rápido porque Luismi estaba dando la mano a las fans y esa tentación fue demasiado para la masa incontenible. En el extremo de su simpatía, el mejicano tocó dedos de mujeres llorosas, tomó una remera del club de fans y aceptó un ramo de rosas blancas. Todo con la curiosa custodia de un guardaespaldas moreno y colosal, encargado de que la estrella no tropiece y caiga al foso de leonas.

Com Fly with me trajo a Sinatra al Orfeo por un instante. "La Voz" desde las pantallas y Luismi en el escenario para un dueto virtuoso. Ligero baile en las plateas y gestos como de "esto sí que es bueno, ojo".

La edad de las fans iba de casi 30 para arriba frenando en los 50 salvo disimulo del maquillaje. Los tangos Por una cabeza y Volver fueron los menos coreados -es un decir-, si uno los compara con el coro atronador del medley de éxitos de la etapa adolescente de Luismi. Ese apretado compilado de la era ingenua del cantante fue dibujando la recta final, después del segmento más popero y saltarín, en incluyó reparto de rosas blancas ("nunca alcanzan", dijo) y un momento de silencio apropiado para que la multitud reclame un bis. Ahí llegó Labios de miel, para delirio femenino, y una escueta despedida. "Hasta mañana", dijo el astro ya sin saco ni corbata, brazo en alto, pose épica y de pronto flash! Se apagó la luz.

"¿Alguien tiene fuego?", grito una que quería prender un cigarrillo de modo urgente.

"Yo estoy que ardo", le respondieron.

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