Una vez más, Luis Miguel (33) se mostró como un verdadero soberano de sus
tiempos y de su voluntad. En las dos primeras ciudades latinoamericanas que
visitó en su nueva gira —Santiago de Chile y Córdoba— el cantante sólo se
dejó ver durante los shows. Pese a lo anunciado, no hubo cenas pantagruélicas
a la luz de las velas ni recorridas por viñedos. Antes y después de cada recital,
permaneció en la suite de su hotel. El jueves 4 llegó en su avión privado al
Aeropuerto de Ezeiza. A partir de esa primera noche, cualquiera podría deducir
que Luis Miguel se tomaba en Buenos Aires la revancha por sus tantos momentos de
reclusión. A la una y media de la madrugada llegó al restaurante “La Rosada”, de
Puerto Madero, que ya había visitado en 2001. En esta ocasión compartió la mesa
con su manager: Alejandro Asensi, su amigo argentino: Polo Martínez, y el torero
español Enrique Ponce. Compartieron una parrillada que acompañaron con distintas
ensaladas y vinos “Finca de altura” de Lavaqué. Mientras él cenaba, su custodia
recorrió dos discos, para constatar si contaban con una instalación adecuada a
los requerimientos del cantante: resguardo y seguridad. Cerca de las tres de la
mañana regresó a la Suite Presidencial, que ocupa todo el piso 23 del Park Tower
Hotel. Los cuatrocientos metros cuadrados del lugar están repartidos en tres
dormitorios, cuatro baños, una habitación para la custodia y un living. Está
decorado en estilo decó, con piezas del siglo pasado. Luis Miguel pidió velas
blancas acon aroma de vainilla, flores lirium y un humificador en todos los
ambientes —el cantante no enciende el aire acondicionado antes de sus shows—.
Tampoco debía faltar en su heladera agua mineral Evian, vodka Absolut, whisky
Johnny Walker Black Lebel y tequila Patrón.
El viernes 5, Luis Miguel realizó su primer concierto en Vélez Sarsfield. A un
costado del estadio Petrobras había instalado una carpa para los VIPS. Esa noche
estuvieron allí Karina Rabolini y Daniel Scioli,Claudia Maradona, Adrián Suar,
Pablo Codevila, Luciano Pereyra y su novia, Analía Maiorano y Martín Terra,
María Valenzuela y su hija Malena, Solange Cubillo, Gustavo Barros Schelotto,
Soledad Pastorutti y su novia Jeremías, Sergio y Ana Laura Goycochea, entre
otras personalidades. El cantante hizo un despliegue de todo su arte escénico,
para el éxtasis de los 35 mil espectadores. Al regresar al hotel, luego de cenar
en su suite, Luis Miguel decidió realizar un original paseo. Acompañado por Joe
Madera, su guardaespaldas mexicano, caminó por el vestíbulo que comunica el
Park Tower con el Sheraton. Atraído por la música, ingresó en uno de los salones.
Allí, la firma Bayer Argentina celebraba su fiesta de fin de año. Aunque al
principio muchos supusieron que el visitante inesperado era un doble del artista,
contratado especialmente para animar la velada, luego de algunos brindis y un
poco de charla descubrieron su verdadera identidad. Si bien Luis Miguel parecía
estar muy cómodo y divertido con la situación, su custodia le aconsejó retirarse.
El cantante volvió a su suite y a pesar de que le hicieron llegar una tarjeta de
invitación para que regresara de una manera más formal a la fiesta, prefirió
dormir.
El show del sábado mostró a un Luis Miguel “en comunión con el público”, tal como
él lo definió a uno de sus allegados. Para delirio de sus fans, cantó “¡Qué tristeza!”
y otros temas sentado sobre el escenario, con las piernas cruzadas. Aunque siempre
es reacio a hablar de asuntos familiares, hizo una excepción frente a la multitud
que lo ovacionaba. “Quiero dedicarle este concierto a mi padre, Luis Rey. Era
músico y si hoy estoy aquí, es gracias a é. Le debo toda mi carrera”, confesó. Una
vez que finalizó el recital, el cantante regresó al hotel. Antes de ducharse, dio
órdenes para que se organizara su visita a la disco Follia. Cuando la camioneta
Mercedes Benz ingresó en el estacionamiento del lugar, hacía más de una hora que
el VIP había sido desocupado. Para preservarlo de cualquier tipo de desborde, se
valló con biombos el camino que transitaría el cantante hasta llegar al piso
superior. Sin embargo, Luis Miguel no pudo reprimir su curiosidad y antes de
sentarse en una de las mesas, se acercó hasta el blíndex que cerca el lugar y
espió la pista. De entrada, pidió jamón serrano y queso parmesano (“Que sean bien
argentinos”, aclaró), con ensalada de rúcula. De plato principal, pollo con salsa
de limón y timbal de calabaza. Llevó su propia bebida: brandy Louis XIII, que se
cotiza a 2500 dólares y que sólo comparte con su manager. Cuando se terminó la
primera botella, envió a un asistente al hotel para que le traiga otra. Según
cuenta Marcelo “Mini” Vázquez (38), dueño del lugar: “Se lo notaba feliz. Me
dijo que el de ese día había sido uno de los mejores recitales que dio en su vida,
por el feeling que tuvo con el público. Me señaló a una morocha y me comentó que
le gustaría conocerla. Se trataba de mi esposa: Mara Rodera (24). Ella trabajó
como modelo en México y de inmediato se pusieron a charlar de conocidos en común.
Aunque habíamos suspendido el desfile previsto para ese día, él dijo que le
gustaría verlo. Felicitó a cada una de las modelos y no tuvo inconvenientes en
que se acercaran a saludarlo otras habitués del lugar”. Cintia Bayne (19) fue
una de las seis modelos que participó del desfile realizado para Luis Miguel:
“Me dio la mano para saludarme. Aprieta muy fuerte. Me deseó felicidades. Supongo
que será porque estamos cerca de Navidad”, comentó la joven. Incluso cuando va
al baño, el cantante se moviliza con un custodia. Cada vez que usaba el toillette
de Follia, la seguridad se encargaba de verificar que no haya otra persona adentro
y permanecía en la puerta todo el tiempo que él estaba adentro. En una de estas
ocasiones, un muchacho que esperaba su turno para ingresar, se sobresaltó al
escuchar ruidos extraños. “No se preocupe. Es Luis Miguel, que vocaliza cada
vez que va al baño”, le explicó el custodia. El cantante se retiró del lugar
pasadas las cinco y media de la mañana.
El domingo fue la última noche de Luis Miguel en Buenos Aires. Cuando finalizó
el show, realizó el brindis de despedida en su camarín, junto a cincuenta
allegados. El cantante pidió comida armenia, que fue preparada por Margarita
Abdajian y Rosa Yernazian, chefs del restaurante “El Manto”. Eufórico, cerca de
la una de la mañana llegó a “Señor Tango”, donde compartiría una cena con sus
amigos. Apenas ingresó al local, se abrazó con sus anfitriones: Soledad y Fernando
Soler. Elogió la nueva ambientación del lugar y cuando observó una foto que lo
muestra en su anterior visita, en 1999, pidió: “Vamos a tener que sacar una nueva
esta noche, porque yo me veo mucho mejor ahora que en ese momento”. En la mesa
principal, el cantante se ubicó junto a los Soler, Polo Martínez y su hija Karina,
su manager y Enrique Ponce con su esposa Paloma. Comió una entrada de langostinos
envueltos en hojas de rúcula con mousse de salmón, de plato caliente un bife de
chorizo con guarnición de champignones Farsi y verduras grilladas y de postre,
un popurrí de frutas con salsa roja y variedad de helados. Soler le hizo probar
vino Angélica Zapata, cosecha 1997, que el cantante cató con deleite. Luego del
show, se apagaron las luces e ingresó al salón una torta con 32 velitas. Ese
día cumplía años Ponce y Luis Miguel cantó para su amigo el “Happy birthday”,
remedando a Marilyn Monroe. Sus músicos se sumaron a la orquesta del “Señor Tango”
y se improvisó un nuevo show que protagonizaron Luis Miguel y Soler. Cantaron a
dúo como “Uno” y “El día que me quieras” y fragmentos de la “Misa Criolla”, además
de clásicos boleros. Cuando el mexicano comenzó a entonar “Ese toro”, Ponce
improvisó un capote con el mantel que sacó de una mesa y subió al escenario.
Para jolgorio de todos, Luis Miguel le pidió a su custodia norteamericano que
realice una imitación de Barry White, Mientras el fortachón entonaba los temas,
Polo Martínez actuaba como una admiradora histérica, aferrándolo por el cinto del
pantalón. La velada concluyó a las siete y media de la mañana.