Ya habían pasado más de veinte minutos de la hora convenida
y él aún no aparecía. Ellas estaban desde hace horas
esperándolo y él se hacía rogar. Poco antes de las diez de
la noche, los reflectores del estadio de Vélez Sarsfield
se apagaron y el lugar quedó tapado por los gritos de casi
32.000 personas. Seis pantallas de alta definición, cuatro
en el escenario y dos a los costados, se encendieron para
mostrar el número 33: la edad de Luis Miguel y el título
de su último trabajo que vino a presentar a la Argentina
con un recital en Córdoba y una serie de tres shows en
Buenos Aires. Hoy, a las 21, en el mismo estadio, comenzará
el último.
Un poco tapado por los aullidos de euforia del público,
comenzaron los primeros acordes de "Vuelve", uno de los
hits de "33", pero él aún no quería darles el gusto de
dejarse ver, se escuchaba su voz, pero no se lo veía.
Y allí apareció con el estilo formal que desde hace años
lo caracteriza: traje y corbata negros y camisa y dentadura
blancas; la piel bronceada y con un peinado que no se
desarmaría a lo largo de la hora y cuarto de un delirio
técnico que hacía acordar a los shows de antes de la
devaluación, con una buena calidad de la banda de nueve
músicos y la voz y performance del cantante mexicano.
Se lo notaba maduro. Ya no es aquel adolescente que,
vestido de blanco, movía las caderas al ritmo del pop ni
aquel joven cantante que decidió darle un giro a su carrera
al asociarse con Armando Manzanero e incursionar dentro de
los boleros con smoking puesto. Luis Miguel, con 33 años
y veinte de carrera, es ambas personas a la vez y se le nota
en el aplomo y la seguridad con la que se maneja en el
escenario y la forma en la que conduce con señas codificadas
a la banda a la vez que baila y tira besos al público.
"Bienvenidos y gracias por venir a esta fiesta, ¡vamos a
celebrar!", dijo a la media hora de iniciado el show y
antes de comenzar las primeras estrofas de uno de los
boleros de mayor éxito: "Por debajo de la mesa". Y luego
vino el turno de "No sé tú", el tema que, hace doce años,
junto con el CD "Romance", significó una reinvención de
su imagen y una renovación de su carrera. En ese momento
el estadio parecía estallar por las miles de voces que
acompañaron la suya al cantar ese bolero. Es que, gracias
a esa nueva etapa que inició en 1991, año en que se editó
"Romance", Luis Miguel pudo ampliar el tipo de público
al que se dirige. Es cierto que la mayoría de sus seguidoras
son adolescentes, pero también se veía a mujeres y a
algunos hombres sin ataques de histeria, bailando y
aplaudiendo cada una de sus canciones.
Aunque todos estaban allí reunidos para recibir en
sociedad a "33", las canciones más antiguas, aquellas
que canta desde los inicios de su carrera a los trece
años, son las que más movilizan al público.
"A los quince años comenzó a cambiarme la voz y mi padre
me dijo que tenía que seguir cantando. Si no hubiera sido
por él, seguramente no hubiera seguido grabando", contó
con la respiración agitada por el tema anterior. Y allí
dio comienzo al bloque de canciones de "hace veinte años"
como "No me puedes dejar así" o "La incondicional" que
hicieron, una vez más, estallar al público.
Mexicano soy
Pasada la mitad del show, apareció más informal y moderno
con un saco de terciopelo negro, una camisa del mismo color
y el peinado intacto.
Así vestido, comenzó con un par de canciones melódicas
como "Nos hizo falta tiempo" para continuar con uno de
los momentos musicales de mayor calidad de todo el show:
la serie de canciones interpretadas a "lo mariachi" con
base de guitarra acústica y trompeta "chillona". Como para
que no quedaran dudas del origen de las canciones, de él
y de todo lo que estaba sucediendo en el escenario, en
dos de las pantallas podía verse la bandera mexicana
flameando al tiempo que cantaba "La media vuelta" y
"Amorcito corazón".
El estadio volvió a oscurecerse y, frente a una pantalla
en rojo, se vio su silueta delineada en negro. Así iluminado,
se sacó el saco y lo revoleó como estrella disco hacia un
costado. Con este gesto comenzó el bloque más bailable:
"Cómo es posible que a mi lado" y, cuando llegó el turno
de "Será que no me amas", era impresionante ver a miles
de brazos seguir al compás el pasito característico con
el que se suele acompañar ese tema.
En muchos momentos del show, el clima de histeria de
"las fans" pareció tomar a todo el estadio pero, ya
lindando el final y a modo de despedida, "Micky" alimentó
a más no poder esa histeria: luego de secar el sudor de
su cara con una remera, la arrojaba al público. Diez
veces hizo esto y, de esta forma y casi sin palabras,
se despidió.
Flashes
El escenario sólo está decorado con seis columnas (tres a
cada costado) simil mármol con antorchas en la punta y
guirnaldas de hiedra que van de una a otra.
Al final del show, Luis Miguel arrojó al público diez
remeras empapadas con su transpiración.
"Tu o ninguna" la cantó con un jazmín en la mano que le
pasaron del público.