A veces no es necesario cambiar para sorprender. En principio,poco diferenciaba
esta gira de Luis Miguel de otra visitas recientes. Profusión de popurrís de todas
sus facetas (el de funk arrollador, el de viejas baladas y unos cuantos de boleros)
y apenas bises ni desvíos en su férrea estructura. Sobre el papel, los únicos cambios
eran la inclusión de casi todas las canciones de su último disco (el continuísta 33)
y, como si se hubiese reconciliado al fin con su turbulento pasado, varias alusiones
a su etapa infantil.
En cambio, sobre el escenario la sorpresa no pudo ser mayor. Ni siquiera en su gira de
1998, cuando regresaba a España tras un largo distanciamento, se le veía tan exultante
y entregado. Discográficamente anda un tanto estancado, pero en directo va a más. El
mito en carne viva. El mejor Luis Miguel. Un maremoto de fuerza 10 a cualquier escala.
Alcanzando tesituras de vértigo sin aparente esfuerzo ni disminuir por ello su abrumador
caudal vocal. Entre acrobáticas piruetas, recorrió incesantemente el escenario a lo largo,
ancho y alto sin arrugar su impoluto traje. Como un anuncio de Emidio Tucci pero sin trampa
ni cartón. Sólo la escenografía era un tanto acartonada, a lo Noche de Fiesta con motivos
grecorromanos. Pero hasta esto revertía a favor. A fin de cuentas en maneras, carisma y
sobrehumanas facultades, Luis Miguel, más que un cantante pop, recuerda un héroe de gesta
mitológica. O un divo del bel canto.
Sólo una pega. Con semejante caché, no es de recibo llevar los coros pregrabados. ¡Con que
destinara una mínima parte de lo que gasta en su ejército de guardaespaldas! Cuando días
antes, en Madrid fueron a verle los Príncipes de Asturias (con Letizia en plan fan n°1)
aquello debió parecer una convención del gremio. A poco que él se saliera del escenario,
sus intimidantes escoltas salían a escena, como armarios junto a la columna de bafles.
Eso si, con riguroso traje y corbata, que por algo custodian al artista de habla hispana
más selecto de los últimos 30 años.