Las confesiones de Luis Miguel

“MUCHAS VECES PAGUE UN PRECIO MUY ALTO POR ENTREGARME AL AMOR”
Revista CARAS de Argentina
(Por: María Fernanda Guillot y Rebeca Peiró)

Sería lógico que Luis Miguel (33) haya perdido sus asombros. El cantante mexicano tiene más de lo que cualquier persona es capaz de disfrutar. Dentro de la constelación “Aries”, a 456.4 años luz de la Tierra, una estrella tiene su nombre. Así lo certifica el registro oficial de la compañía “The Millenium Chronicle”, que lleva el sello del gobierno de Estados Unidos. Este “bautismo astral” fue un regalo que le hizo el club de fans “El Sol” de Connecticut. Pero ni siquiera recurriendo a las constelaciones puede satisfacerse el deseo de quien alguna vez confesó: “Hay una sóla persona en el mundo que puede cumplir mi mayor anhelo: mi mamá. El mejor obsequio sería volver a verla. Eso me ayudaría mucho, me haría sentir mejor del alma y de la cabeza”.

La madre del cantante, Marcela Basteri, desapareció en 1986 luego de realizar un viaje por España e Italia. Todos los intentos del cantante por conocer su paradero fueron vanos. “Hay ciertas situaciones de la vida que están fuera de mis manos. No puedo hacer nada para cambiarlas. Frente a las frustraciones y el desamor, mi único desahogo es cantar. Hago terapia cada vez que grabo un disco o subo a un escenario”, admite.

Con más de 47 millones de discos vendidos, algo de equilibrio debe haber obtenido. En octubre inició la gira de presentación de su último trabajo: “33”. Según explica el cantante: “Es un número bíblico: los años que tenía Jesús cuando murió. También es mi edad. No percibí nada cuando cumplí 20, 30 o 32. Pero a los 33 siento que empiezo una nueva etapa en la vida. Superé todos mis límites”.

Luis Miguel decidió afrontar este nuevo ciclo con su mejor estampa. Gracias a una dieta balanceada y a la práctica de bicicleta fija logró adelgazar varios kilos. Su sonrisa ya no luce esa particular abertura en las paletas superiores. Muchos especulan con un injerto de pelo.

El cantante se ocupó de aclarar cada una de estas cuestiones. “Es cierto que bajé algunos kilos. Me cuidé con la comida y practiqué mucho ejercicio. Me siento mucho mejor ahora que hace diez años. Me noto con más energía y vitalidad. También es verdad que me arreglé los dientes. Hace un tiempo, tuve un accidente durante un show. Una admiradora logró subirse al escenario y no pude verla a causa de las luces. Se me tiró encima para abrazarme y me pegué con el micrófono en un diente frontal. Con el tratamiento odontológico fui perdiendo esa separación que tenía de nacimiento. Pero no fue algo premeditado. Es todo lo que hice”.

Con un poco más de pudor, Luis Miguel confesó uno de sus mayores secretos de tocador: “Después de bañarme, me perfumo uno por uno los dedos de los pies”.

Esta facilidad para hablar de sus cuestiones estéticas, se interrumpe cuando el interés se traslada al terreno del amor. “Estoy muy bien sentimentalmente. Ya no descarto la idea de formar una familia. Ahora tengo la ilusión de casarme y tener hijos. Cuando se disfruta una vida como la mía, tan intensa y llena de privilegios, uno se expone a cosas y personas equivocadas. Cuando yo amo, me entrego por completo. Muchas veces pagué un precio muy alto por eso. Es tan difícil abandonar como ser abandonado. Lo sé porque viví las dos experiencias. Aunque soy muy racional, cuando me involucro emocionalmente doy un salto sin red”, afirma.

Su última pirueta lo transportó hasta los abrazos de Myrka Dellanos. Ella es presentadora de la cadena Univisión y la atracción entre ambos comenzó cuando ella lo entrevistó el año pasado para su programa “Primer Impacto”. La pareja suele encontrarse en Miami, donde ella reside junto a su hija Alexia (7). Hace pocos meses realizaron juntos un viaje a Venecia; allí, el cantante le regaló un reloj Piaget en forma de corazón. A pesar de esta bonanza sentimental, hay una zona de Luis Miguel todavía reacia a las entregas: “La soledad me acompañó durante tanto tiempo, que ya me acostumbré a convivir con ella. No la sufro ni le temo, al contrario. Necesito mis momentos de soledad”. Su última estadía en Chile es una prueba rotunda de lo dicho.

El martes 25, el cantante llegó a Santiago a bordo de su jet privado. La suite presidencial de la San Cristóbal Tower del hotel Sheraton estaba ocupada por el mandatario alemán Johannes Rau. Luis Miguel tuvo que conformarse con la habitación “Gobernador”. Recién por la noche, cuando Rau abandonó el país, pudo instalarse en el cuarto más caro y lujoso. De acuerdo a sus pedidos, allí se había instalado una bicicleta fija, un humidificador ambiental y velas con aroma a vainilla. Recién abandonó su cuarto a las 17:45 horas del día siguiente, cuando realizó una prueba de sonido en “Espacio Riesco”, donde esa noche cantaría en una cena de gala. A los 40 minutos estaba de vuelta en su suite, donde recibió a los directivos del sello “Warner”. La discográfica le entregó una distinción especial por las ventas de sus discos, que alcanzan las 2 millones 300 mil copias.

Luego del show, cenó junto a sus seis colaboradores más cercanos en el living de su suite. El menú consistió en delicadezas árabes. Con un humor bastante deteriorado debido a las fallas de sonido que hubo durante su actuación, se fue a dormir cerca de las cuatro de la mañana. Desde el mediodía hasta la tarde del jueves, Luis Miguel permaneció recluido en su habitación.

El martes 25, llegó a Chile para dar su show. Allí sorprendió con una nueva imagen. No sólo está más delgado. Además, borró la abertura de sus dientes superiores que a lo largo del tiempo se había convertido en un verdadero sello personal.

Durante casi dos horas, se ejercitó en la bicicleta, al tiempo que miraba Univisión en un televisor de pantalla plana. Al atardecer se dirigió al estadio “San Carlos de Apoquindo”, donde chequeó que todo estuviera en orden para el espectáculo que realizaría esa noche. Las fallas en el sonido lo ofuscaron al punto tal de hacerle perder el equilibrio y caer mientras recorría el escenario. El cantante suspendió el show y regresó al hotel. Necesitó una hora y media de masajes para relajarse. Finalmente al día siguiente, luego de que se reinstalara la amplificación, pudo dar el recital.

El sábado a la noche, en “Quinta Vergara” de Viña del Mar, ofreció su tercer y última presentación en Chile. Durante dos horas, ante 15 mil fanáticos extasiados hizo un repaso de todo su repertorio, además de presentar los nuevos temas.

Los inconvenientes durante su estadía no se limitaron a las fallas técnicas. Poco antes de viajar a Viña del Mar, la custodia personal del cantante detuvo a una joven que, burlando los controles de seguridad, había logrado llegar hasta el piso donde se alojaba Luis Miguel. Se supone que la adolescente es hija de un huésped del hotel o de un trabajador del establecimiento, ya que conocía las dificultades de acceso. El ascensor se bloquea en el piso 21 y para ascender al 22 se necesita una tarjeta magnética. La joven utilizó la escalera de emergencia. Fue desalojada del hotel, en medio de gritos y llantos de desolación por no haber podido cumplir su sueño de abrazar a su ídolo. Cuando le comentaron el incidente al intérprete, se mostró apesadumbrado pero no hizo ningún comentario.

Aunque la productora que lo contrató le había organizado una visita a un viñedo y tenía prevista para cada noche una cena en los más selectos restaurantes de Santiago, Luis Miguel no cedió a las tentaciones sociales ni gastronómicas. El lunes partió hacia Argentina, junto a una comitiva de 70 personas —entre músicos, técnicos y custodias—.

El primer destino fue Córdoba, donde no tocaba desde noviembre de 1999. En el “Chateau Carreras” se montó un escenario de 20 metros de frente por 19 de largo, además de seis pantallas gigantes, y un sistema de luces especialmente diseñado para este show. La gira continúa en Buenos Aires, donde realizará tres presentaciones en Vélez Sarsfield.

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