Mirar directamente al sol es hiriente, más cuando se trata de
encararlo en una apasionante función de hora y media de
seducción, sonrisas y baladas, no hay cosa más placentera.
Así lo demostraron los 10 mil regios que acudieron al primero
de los cuatro conciertos que ofrecerá Luis Miguel en
Monterrey.
Su espectáculo ameritó numerosos calificativos, el primero:
puntual. A las 21:00 horas la oscuridad le improvisó un
telón a “El Sol” y de inmediato sus fanáticas alardearon el
furor más organizado, simultáneo y audible. A su propia luz
se sumó un sofisticado diseño de iluminación que acentuaba
los ángulos de su vigorosa presencia.
El marco de su aparición fue un escenario de columnas y
amplias pantallas con encuadres que capturaron ese registro
de miradas, gestos y arrebatos corporales que tanto
caracterizan al cantante.
Pero aunque su conducta en el escenario es predecible y
celebradísima, Luis Miguel ingenió nuevos detalles a su
bronceada personalidad. Brazos conjurantes que malearon
la euforia uniformada de su público, una y mil poses al
cambiante compás de sus temas, mirada de implacable
hipnotista.
Pero esta vez hubo un “plus” a su actuación. Enamorado
hasta la médula, Luis Miguel se lució ante su novia, Myrka
Dellanos quien, pendiente de cada acción y giro, observó
el concierto instalada en el mejor asiento de la noche y
en el humor de unirse a todas las ofrendas de aprecio que
el público dedicó al cantante, quien le fue infiel con las
miles de mujeres regiomontanas que disputaron su amor y
su atención.
A sus 33, Luis Miguel no cambia de parecer respecto a su
eterna indumentaria de traje y corbata negros, que más que
combinarle a su tez o cabellera, combinan con el sobrio
romanticismo de su voz.
Al cabo de cinco primeras canciones vinieron las palabras
sin música del cantante; cualquier detalle de sus labios
bastaría y tan cierto fue que un agradecimiento repetitivo
y algo de tiempo para dedicar un saludo al público de todas
las localidades detonó el ensordecedor (y siempre organizado)
afecto de las asistentes.
El repertorio del cantante cumplió el reclamo de todas las
gargantas. Boleros (“No sé tú”, “Amor”, “Por debajo de la
mesa”). Rancheras (“La media vuelta”, “Amorcito corazón”).
Baladas (“O tú o ninguna”, “Entrégate”, “La incondicional”)
e imprescindibles éxitos (“Cómo es posible que a mi lado”,
Suave”), condensados en diversos popurrís.
En cada ocasión que “El Sol” acortaba la distancia entre él
y público de las primeras filas, uno de sus guardaespaldas
debía sujetarlo de la cintura para evitar algo cada vez más
posible, que fuera arrebatado del escenario por una multitud
de suplicantes manos.
El cenit de este astro llegó al momento de visitar sus temas
clásicos. Diez mil espectadores con la memoria a flor de piel
entonaron en otro impecable unísono “Isabel”, “Ahora te
puedes marchar”, “Palabra de honor”, “Será que no me amas”,
“Cuando calienta el sol” y “No me puedes dejar así”.
“El Sol” enamoró con su alba, encendió ánimos sin descanso
y al término de un concierto casi impecable ocultó su brillo
en una despedida abrupta y fría en la que no hubo palabras.