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“El Sol” se enciende, arde y no se despide

Maximiliano Torres / milenio.com
02/21/2004

Mirar directamente al sol es hiriente, más cuando se trata de encararlo en una apasionante función de hora y media de seducción, sonrisas y baladas, no hay cosa más placentera.

Así lo demostraron los 10 mil regios que acudieron al primero de los cuatro conciertos que ofrecerá Luis Miguel en Monterrey.

Su espectáculo ameritó numerosos calificativos, el primero: puntual. A las 21:00 horas la oscuridad le improvisó un telón a “El Sol” y de inmediato sus fanáticas alardearon el furor más organizado, simultáneo y audible. A su propia luz se sumó un sofisticado diseño de iluminación que acentuaba los ángulos de su vigorosa presencia.

El marco de su aparición fue un escenario de columnas y amplias pantallas con encuadres que capturaron ese registro de miradas, gestos y arrebatos corporales que tanto caracterizan al cantante.

Pero aunque su conducta en el escenario es predecible y celebradísima, Luis Miguel ingenió nuevos detalles a su bronceada personalidad. Brazos conjurantes que malearon la euforia uniformada de su público, una y mil poses al cambiante compás de sus temas, mirada de implacable hipnotista.

Pero esta vez hubo un “plus” a su actuación. Enamorado hasta la médula, Luis Miguel se lució ante su novia, Myrka Dellanos quien, pendiente de cada acción y giro, observó el concierto instalada en el mejor asiento de la noche y en el humor de unirse a todas las ofrendas de aprecio que el público dedicó al cantante, quien le fue infiel con las miles de mujeres regiomontanas que disputaron su amor y su atención.

A sus 33, Luis Miguel no cambia de parecer respecto a su eterna indumentaria de traje y corbata negros, que más que combinarle a su tez o cabellera, combinan con el sobrio romanticismo de su voz.

Al cabo de cinco primeras canciones vinieron las palabras sin música del cantante; cualquier detalle de sus labios bastaría y tan cierto fue que un agradecimiento repetitivo y algo de tiempo para dedicar un saludo al público de todas las localidades detonó el ensordecedor (y siempre organizado) afecto de las asistentes.

El repertorio del cantante cumplió el reclamo de todas las gargantas. Boleros (“No sé tú”, “Amor”, “Por debajo de la mesa”). Rancheras (“La media vuelta”, “Amorcito corazón”). Baladas (“O tú o ninguna”, “Entrégate”, “La incondicional”) e imprescindibles éxitos (“Cómo es posible que a mi lado”, Suave”), condensados en diversos popurrís.

En cada ocasión que “El Sol” acortaba la distancia entre él y público de las primeras filas, uno de sus guardaespaldas debía sujetarlo de la cintura para evitar algo cada vez más posible, que fuera arrebatado del escenario por una multitud de suplicantes manos.

El cenit de este astro llegó al momento de visitar sus temas clásicos. Diez mil espectadores con la memoria a flor de piel entonaron en otro impecable unísono “Isabel”, “Ahora te puedes marchar”, “Palabra de honor”, “Será que no me amas”, “Cuando calienta el sol” y “No me puedes dejar así”.

“El Sol” enamoró con su alba, encendió ánimos sin descanso y al término de un concierto casi impecable ocultó su brillo en una despedida abrupta y fría en la que no hubo palabras.

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