Era de noche. En el cielo sólo habían estrellas que rodeaban la luna. Hacía frío. Miles comenzaron a
buscar calor, pero no del que proviene del fuego, sino del que surge del alma.
Al principio les fue difícil hayarlo. Sin embargo, a medida que las agujas pasaban el límite de las
8:30, se comenzó a percibir irradiaciones de luz intensas y muy agradables.
Los destellos fueron tomando fuerza al tiempo que un sujeto, con un porte varonil y encantador, fue
acercándose al centro del escenario, tomó el micrófono y emitió un sonido Inolvidable.
A partir de ese momento, los escalofríos desaparecieron. La sola presencia de Luis Miguel hizo que
los corazones latieran a mil y la adrenalina llegara al máximo.
Vestía traje oscuro. Su cabellera intacta, hacia atrás, envaselinada. El apuntador en el oído derecho.
Su color de piel canela contrastaba con el blanco de los dientes que se apreciaba cada vez que sonreía
–por cierto fueron muchísimas–.
Amor, amor, amor, Ahora que te vas y Perfidia llenaron de romanticismo el Estadio Mágico González.
“Es un placer estar con tanta gente bonita”, dijo, en medio de una pausa, dirigiéndose hacia todas las
localidades habilitadas.
Ese placer lo transformó en un regalo para el público, al ofrecer un repertorio con “las canciones que
ustedes han hecho famosas”.
De inmediato, todos se pusieron de pie, eufóricos y al unísono, siguieron cada letra que conformó el
popurrí de “viejitas”.
Desapareció, de pronto, del escenario, y aunque lo hizo por segundos, su ausencia pareció eterna.
Regresó con más fuerza y más sensual que al principio, mostrando una parte de su pecho.
Se despojó del saco de gamuza negro, apretó el micrófono y dijo Cómo es posible, para luego pedir:
Ahora te puedes marchar hasta Cuando calienta el sol. Las tres composiciones conformaron una
mezcla perfecta.
Luis Miguel volvió a fingir un adiós. Reapareció vestido de blanco. Te necesito le expresó, con
los brazos extendidos, a sus fanáticos salvadoreños, que no dejaban de ovacionarlo. Era de noche.
La Luna y las estrellas ya no se veían. El Sol se adueñó del ambiente.