Por las Ventas ha pasado el Número Uno, pero el nuevo periodismo, que
anda como achicopalado, no se ha enterado. En ese mismo arenal, hace
cincuenta y cinco años, otro Luis Miguel, en el centro de una formidable
faena, levantó el dedo y se proclamó el Número Uno. ¿No había dicho
Corrochano que en el toreo era modesto quien no podía ser otra cosa?
Y Giraldillo, a sabiendas de la inclinación madrileña a encomiar el
tipo de toreros hechos con virtudes sociales y domésticas, no pudo
reprimir su Dios nos libre y, sobre todo, libre a las empresas de
toreros modestos.
Luis Miguel, felizmente, no era modesto. Estaba
en la cumbre, y en el cuarto toro, banderilleado de poder a poder,
por ambos lados, levantó el dedo, y lo dicho: se proclamó el Número Uno.
Joselito Gallo lo había hecho al salir de la plaza; Luis Miguel lo indicó
en medio de una faena.
Ahora, en ese mismo redondel, otro Luis Miguel, otro Número Uno. A imitación
de lo que Steiner tiene dicho de Joyce, puede decirse que el contraataque
más exuberante lanzado hoy por cantante alguno contra la reducción del
lenguaje es el de este goloso de las palabras.
Luis Miguel, que está en
la tradición del romanticismo verbal, devuelve al oído español la vasta
magnificencia del idioma. «México en la piel.» En sus canciones uno puede
leer, como en silabario, los consejos de amor que el Indio Fernández daba
a su sobrino Roge, el hijo de su hermano Rogelio: «Mira, lo sensitivo es
facultad, lo sensual es deleite y el sentimiento es emoción. Lo primero
que tienes que ganar de una mujer es su facultad sensorial, para después
llegar al deleite de la sensualidad; y si tu sensibilidad lo exige,
si quieres ir más allá, entonces le provocas emociones que darán
origen a los sentimientos.
Primero es la piel, luego el corazón y por
último el alma. Y te aconsejo que con el alma no te metas, si no estás
dispuesto a entregar la tuya propia. El alma siempre reclamará alma y
sentimientos. La piel no exige mucho: se satisface pronto y renueva sus
deseos sin pedir querencia.»