LUIS MIGUEL EN EL GIGANTE

Mucho más allá de lo explicable
ANDRÉS MAGUNA

El fenómeno de convocatoria desmesurada (no tanto en números como en la característica del fervor convocado) de un artista tiene en la mayoría de los casos una faz inexplicable, pero el de Luis Miguel ya alcanzó el grado de paradigma, sobre todo después de lo visto y oído en el estadio de Rosario Central anteanoche durante el show "presentación" de Amarte es un placer, el nuevo disco del mexicano de 29 años. Ayer, hoy y tal vez mañana en la televisión y en los diarios se habló y se hablará más de la batalla callejera entre civiles y policías que del recital en sí (ver recuadro aparte), aunque en una realidad aparte aproximadamente veinticinco mil personas, ajenas a lo que sucedía en el exterior, se quedaron extasiadas, "pegadas" a la voz y los movimientos de Luismi, o Micky, o Luis Miguel Gallego Bastery.

Y otra salvedad: de esas veinticinco mil chicas (la contundente mayoría permite la definición genérica), una cantidad imprecisa, pero calculable en cientos, sólo podrá contar una parte de lo vivido por haberse desmayado entre la apretujada multitud (los cuerpos eran sacados por un océano de brazos hacia el puesto de salud al pie del escenario). Y eso de paradigma de lo inexplicable que encarna como ninguno Luis Miguel no tiene nada que ver con el fanatismo que despierta y concita sino con la fantástica renovación camaleónica que demuestra en cada una de sus presentaciones, y la de acá no fue la excepción.

Lo suyo es más renovación y no evolución porque a la hora de pensar en un nuevo disco, una nueva gira (o sea, una nueva onda), se atiende más a la adecuación a los tiempos que corren, con evidentes fines comerciales -porque de eso se trata el negocio- que a las razones de índole intelectual, al menos en sus aspectos creativos, experimentales y vanguardistas. Se cubre con esmero, eso sí, todo lo atinente a la calidad estética, lo "artístico marquetinero", y ahí entra el producto, con mucha fuerza, a través del deslumbramiento, de una puesta en escena que parece dar más que lo que se pide, porque lo único que se pide es su presencia, la de él, Luis Miguel.

El terreno en el que sí demuestra de vez en vez una notoria evolución el mexicano es el interpretativo. No sólo cada día canta mejor, sino que aprende a representar su papel de idolatrado cada vez con mayor precisión, y así obtiene lo que obtiene: tanto que tiene que mesurar su actuación para evitar desbordes. El tipo da para más y se contiene, aunque no es poco lo que brinda: 100 minutos de canto continuado, con una potente voz que no mengua. Éste, nada menos, es el background que tiene Luis Miguel y el que lo distancia sensiblemente de otros cantantes latinos del boom, acaso tan bien producidos artísticamente como él, pero con mucho menos talento.

Aquí la ecuación resulta: un espectacular negocio sustentando un gran talento. Por si eso no bastara, el artista establece una comunicación única con el público por medio de gestos, morisquetas y breves interpelaciones. Apenas eso y todo eso.

En cuanto a lo de "presentación" del flamante CD, se trata de un eufemismo, porque de los 28 temas que componen el repertorio del show (contando los tres "enganchados": "El día que me quieras", "Solamente una vez", "Somos novios" y "Nosotros"; "Contigo aprendí", "Por debajo de la mesa" y "El reloj"; "Sabor a mí", "La única eres tú" y "Bésame mucho") apenas cinco forman parte de Amarte es un placer: "Quiero" (el primero de la noche), "O tú o ninguna", "Sol, arena y mar", "Tú, sólo tú" y "Te propongo esta noche", con el que cerró la velada.

O sea que el ochenta por ciento del contenido del recital está dedicado a clásicos de su vasto cancionero. A las chicas, especialmente esas que hicieron guardia varios días en las puertas de un estadio que luego estuvo más rigurosamente custodiado que nunca, poco les importó el repertorio, el paradigma de lo inexplicable y la deslumbrante puesta en escena. Ellas tenían ojos sólo para él, un amor renovado, una fe inconfesable. Esa es la ganancia de Luis Miguel. En ese terreno no hay quién lo iguale.

Al menos en Rosario.



Capacidad de entrega, profesionalismo y una voz
que no afloja lo distinguen cabalmente del resto
DIEGO GIORDANO

La presentación de Luis Miguel en el estadio de Rosario Central dejó las cosas bastante claras con respecto al panorama de los cantantes latinos. Allí donde Ricky Martin provoca desde una imagen hipersexualizada moviendo la pelvis para la cámara vía Estados Unidos, Luis Miguel entrega su personaje de tipo canchero, amable, aunque siempre mantenga una prudente distancia. Por eso, cuando se apagaron las luces, a las 21.55, las miles de chicas que se abrazaron en un solo grito sabían a ciencia cierta que su ídolo no las iba a defraudar. Siempre sonriente y cercano, aunque claro, había un vallado y enormes empleados de seguridad, el mexicano dio una clase acerca de lo que hay que hacer arriba de un escenario.

"Quiero" y "Tú, sólo tú", ambas de su nuevo disco, Amarte es un placer, abrieron el fuego de una noche a la que el astro arribó literalmente desde el cielo enfundado en un traje negro, como si fuera el príncipe encantado de cada una de las chicas.

Un gran guitarrista, Tadd Robinson, que cerró su noche con un excelente solo en "Bésame mucho", el justo bajista que castigó duro y parejo un monstruo de seis cuerdas, y una sección de caños filosa fueron lo mejor de la banda que acompañó a Luis Miguel.

Sin pausa, se sucedieron las primeras tres baladas: "Entrégate", "Tengo todo" y "La incondicional". En los primeros minutos del recital quedó claro que la puesta de luces sería hipertecnologizada a la vez que kitsch. De cualquier manera, los potentes seguidores, sumados a una "parrilla" enorme que pendía sobre el escenario y que incluía focos de colores que se proyectaban sobre el público y formaban figuras, fueron manejados con precisión quirúrgica.

El funk pop de "Un hombre busca a una mujer" precedió al segmento Romance del show, integrado por "No me platiques", "No sé tú" (con una dulce introducción de clarinete electrónico), y "La puerta". Después de "Dame" llegó el primer cambio de indumentaria de la noche, anticipado por un solo de bajo. Luis Miguel, ahora enfundado en una camisa negra, largó con la versión new age de "El día que me quieras", para seguir con "Somos novios", "Nosotros" y la nueva "O tú o ninguna". Claro que después de un rato las canciones se empiezan a parecer temática y musicalmente entre sí.

Sin embargo, se suceden sin respiro, permitiendo hacer mucho en poco tiempo. Uno de los aspectos en los que Luis Miguel saca ventaja de sus colegas radica en su capacidad de entrega: su voz, al final del recital, está intacta después de más de hora y media, y sus ganas de seguir (al menos así lo expresa) contagian al público. Las pantallas de video multiplican la imagen de un hombre que, mientras hace pucheros, guiños y otras morisquetas, mantiene una concentración impecable. Luis Miguel maneja los climas y regala amplias sonrisas al tiempo que simula dirigir su banda y trabaja y cuida su voz: el mexicano nunca llega a incomodar con berreos a lo Enrique Iglesias. "Sol, arena y mar", "Por debajo de la mesa" y "El reloj" fueron interpretadas a modo de popurrí, lo que indicó que el final estaba cerca. Luego de un nuevo cambio de ropa, Luis Miguel arremetió con la sección disco de su show, "Cómo es posible" y "No culpes a la noche", que incluyó luces de neón sobre el escenario y fuegos artificiales.

Con módulos lumínicos que bajaban y subían sobre su cabeza, y enormes pelotas de colores y papel picado para el público, largó el bis "Te propongo esta noche". El astro demostró que es uno de los pocos artistas que puede convocar a tal cantidad de gente en épocas de vacas flacas para brindar un show de los llamados "internacionales". Y eso es fruto de su obsesivo profesionalismo.


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