Un ídolo de multitudes que ha conquistado a su manera

Por Juan Carlos Chávez / Especial para El Sentinel

10/22/2005

En la música -- como en todos los demás quehaceres artísticos -- el talento y el oficio son componentes que diferencian a una figura del montón, haciéndolo más visible que otros. La manera como la obra se define respecto a la tradición le otorga eso que los expertos llaman durabilidad, consistencia, espesor.

Luis Miguel es uno de ellos. No hay más que echar una ojeada a su trayectoria para darse cuenta que se trata de un cantante vertiginoso, fuera de lo común, intuitivo y audaz, que no sólo estremeció precozmente el circuito musical latinoamericano (grabó con éxito su álbum debut a los 12 años de edad y se hizo acreedor a su primer Grammy recién cumplidos los 15), sino que ha sabido erigirse en una estrella que madura con voz sólida y depurada.

El público del sur de Florida tendrá la oportunidad de verlo cuando el mexicano ofrezca dos conciertos, los días 28 y 29 de este mes, en el escenario del American Airlines Arena a propósito de su gira México en la piel, título de su más reciente placa discográfica lanzada en 2004.

Ídolo del pop, dueño de una utilería romántica y de una apariencia de respetabilidad que le rehúye por todos los medios al escándalo, Luis Miguel ha operado con inteligencia en el negocio. Se ha movido sin ataduras pero, también, como un clásico obsesionado con la armonía de las formas para alcanzar la perfección artística.

Véanlo de esta forma: volcó su talento hacia insospechadas latitudes (más aún con sus famosos Romances), dejó de calzar y confinarse únicamente entre las quinceañeras desbocadas, y se abrió camino apuntando a distintos oyentes. Mutó en la diversidad, amplió horizontes.

La sumatoria trajo consigo un salto cualitativo, arrojó un intérprete más intenso y cabal como si fuese un artesano diestro, que hace de su arte el vehículo de expresión de algo muy personal. Absolutamente suyo.

Lo notable del asunto es que el mexicano ha resultado siendo uno de los pocos que no sucumbieron a la tentación de hacer el crossover (una prueba que mata o jerarquiza) y de saltar la barrera del idioma para ganar adeptos, hacer más dinero o sabe dios.

Si acaso llegó a cantar en italiano cuando el Festival de la canción de San Remo, o en inglés, enumerados con los dedos de la mano -- el más recordado fue el tema Come fly with me, en pareja con Frank Sinatra para el disco Duets II -- Luis Miguel siempre dio en el clavo. Y lo hizo bien.

Nuevos aires

El cantante, ahora de 35 años, lejos de aquietarse intenta seguir marcando diferencias y, a la vez, alimentando un aire de misticismo que, difícilmente, puede dejar de ser obviado por la prensa. Inquisidora y no.

Luis Miguel es perseguido, pocas veces ninguneado, y visto como una verdadera estrella. Un divo que trata de conservar la coherencia, que rehuye a pisar en falso y que gusta mantenerse a raya de la farándula y del chisme que toca fibra nerviosa.

Esa actitud distante que saca a flote -- y que por cierto no sólo tardará en disiparse sino que da la impresión de contagiarse en sus presentaciones -- deja en claro que el hombre está lejos de la subordinación de los medios y de las manías de la propia industria.

Sus éxitos de ventas son tema aparte. Dan vértigo. Sin duda su nombre es sinónimo de millonarios dividendos y ganancias astronómicas; incluso en épocas de abstinencia para el circuito musical, afiebrado por el acoso de la piratería y la internet.

En números el cantante mexicano ha superado largamente la barrera de los 50 millones de copias vendidas, tiene grabados más de una docena de discos y ha sido honrado con siete premios Grammy, entre originales y latinos. Ha ido de menos a más.

La cuerda de sus trabajos siempre ha estado apadrinada de compositores y arreglistas con experiencia. Quizá en su loable afán de entregar calidad, antes que cantidad, hizo equipo con Juan Carlos Calderón en el álbum Soy como quiero ser (1986), y, luego, coprodujo en dupla con Armando Manzanero y Bebu Silvetti (1997) su tercer disco Romances (de un total de cuatro).

Otros álbumes importantes en su carrera son Aries (1993), Amarte es un placer (1999), Mis boleros favoritos (2002), y México en la piel (2004) -- el último de todos -- que acaba de ser reeditado con material inédito para quienes están dispuestos a pagar un poco más de la cuenta por un producto de etiqueta reservada.

La posibilidad de que surja otro recital de Luis Miguel en el sur de la Florida para lo que resta del año --y acaso el próximo -- es bastante incierta. Por eso sería recomendable que le saque provecho a la cita.

¿Necesita otra razón? Una posible es la siguiente: El mexicano es uno de esos personajes que nutre el cancionero, le pone oído a la música y tiende a abordar el ejercicio de la interpretación como un placer estricto.

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