Insolados y a media noche. Así terminamos cuando el “astro” que todos esperábamos salió a escena, y de un
“manotazo” hizo a un lado a la luna.
El cielo en el estadio de fútbol Carlos Iturralde está despejado. Casi quince mil personas ven una sola estrella:
Luis Miguel.
Hacía más de diez años que “El Sol” no brillaba en este campo. Casi 20 años atrás, en el Polifórum Zamná, en los
años de éxito de “Palabra de honor”, empujamos filas para ver a un Luis Miguel que apareció pateando sillas con
más de dos horas de retraso.
Anteanoche, la espera no se prolongó. El reloj anuncia las 9:15 cuando el cantante despliega su sonrisa ante un
público enardecido. Los gritos bastan, nadie eleva flama de encededores —obsequio de los patrocinadores—, ¿para
qué más fuego si basta con el corazón?. Todos saltan sobre las sillas y las filas más cercanas se estiran para
alcanzar “El Sol”.
El cantante esta vez no hace desplantes, pero dirige todo, hace señas, pide más luz, menos audio, pero no tiene
que hacer como los fantoches debutantes que a cada rato gritan ¡esaaaas palmassss! Luis Miguel, sólo él, no tiene
que hacer nada para que la gente se entregue a su canto.
Las afortunadas de las primeras filas alcanzan las manos del ídolo, siempre custodiado por un “gorila” atento de
que nadie ose tocarlo de más o jalarlo hacia el abismo de las sillas. ¿Qué sería de él, presa del frenesí
multitudinario?, no quedarían ni sus “rayos”, ni una tira de “Armani”.
¿Pero, qué ocurre? ¡El astro habla!. Gritos ante sus primeras, célebres palabras: ¡Buenas noches... Ya tenía más
de diez años sin venir... ¡Qué bonito público!... Gracias por tanto cariño”.
La gente aplaude la memoria del ídolo (¿se acordará de sus últimos desplantes, de sus peticiones de “lleno o no salgo”?).
Qué importa, la gente le perdona todo. ¡Todo!. Que no venga en diez años, que anuncie chocolates, bueno, hasta que
quiera casarse con la más bella y menos talentosa de las mujeres. Luis Miguel puede hacer lo que quiera.
Esta noche la gente espera que se le hagan justicia a sus mil pesos la hora por escucharlo (en zona VIP). Si pregunta,
le dicen que “los volverían a gastar”. Y han sido bien recompensados.
“Qué nivel de mujer” abre micrófonos. Luego “Luismi” exige “Dame tu amor” y “Suave”...
“Contigo en la distancia”, “Usted es la culpable”... “El Sol” nos abraza con sus “Romances”.
“No se tú” le dio la vuelta al mundo, es “Inolvidable”.
Los tangos, dicen, son tristes, pero éste no, al menos Luis Miguel y sus ocho músicos interpretan “El día que me quieras”
como si hoy se cumpliera el deseo, y todas las mujeres sienten ser esa “luciérnaga furiosa” del tango.
“Nosotros” y “La gloria eres tú” siguen en la lista. “Bésame mucho” suena con arreglos de jazz y rock... “Perfidia”, “Tú
me acostumbraste”, “Amor, amor, amor”, “Te necesito”...
A las 10:10 se siente “México en la piel”. Los mariachis traen la fiesta. Luis Miguel cambia la formalidad del saco y
la corbata por una camisa negra y pantalón charro que invita al recorrido visual por su anatomía.
En la pantalla gigante desfilan imágenes de México. Se escuchan “De qué manera te olvido”, “Un motivo”, “Sabes una cosa”....
Y cuando Luis Miguel dice: “con esta me despido”, entre lluvia de confeti, todos reclaman la consabida, la infaltable “otra”.
Apagón. Primeros acordes de “La Bikina”. Todos celebran la elección, la han estado pidiendo toda la noche de mariachi.
“Mi ciudad” cierra el segundo “acto”, y tras “Romances” y “México en la piel”, cambio de ropa (pantalón negro y camisa
verde) para “el inicio”.
El final Regresamos diez años atrás, a la locura del Polifórum. Canta “Decídete”, “Muchachos de hoy”, “La chica del
bikini azul” que todas queríamos ser...
“Cuando calienta el sol” y la noche hierve, y caen las cintas de brillantes colores, se apagan las luces para el ídolo
y para diez años de espera. ¿Hasta otra década?.— Patricia Garma.


