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Luis Miguel, con brillo propio

Sergio Burstein / laopinion.com
04/11/2006

Resulta imposible para una superestrella que se encuentre en una extensa gira mundial mantener el mismo nivel en todas sus presentaciones. Y no se trata tampoco de que los primeros shows sean mejores que los últimos debido a que el artista se encuentra menos cansado al empezar. Puede ocurrir lo contrario, ya que la práctica continua con los músicos y el acondicionamiento a las exigencias del viaje son capaces de dar resultados positivos.

Éste parece ser el caso de Luis Miguel, que el sábado pasado regresó al Sur de California —cerca de siete meses después de sus más recientes actuaciones por estos lares— para presentar en el Arrowhead Pond de Anaheim el mismo show que dio en setiembre de 2005 dentro del Anfiteatro Gibson, como parte de la larga gira México en la piel.

Resulta particularmente curioso observar cómo un repertorio idéntico puede adquirir una intensidad distinta en unos cuantos meses, y es que si en la primera ocasión “El Sol” mantuvo un estilo vocal impecable pero interpretó los temas con demasiada frialdad, se hace ahora necesario señalar que las canciones adquirieron en Anaheim un tono de calidez y de sensibilidad que no se notan siempre en la voz del ídolo, a pesar del señalado apelativo.

En esta ocasión, Luis Miguel dejó de lado los aires excesivos de divo para comportarse ante el público con una amabilidad que parecía totalmente sincera. Visiblemente feliz, el astro se mostró particularmente comunicativo con la audiencia, aceptando todos los ramos de flores que se le ofrecían y llegando, inclusive, a jugar con la muchedumbre al dividirla en zonas para que corearan sus canciones. Pero ni siquiera en esos momentos tuvo la necesidad de caer en arengas innecesarias —muy típicas de otros artistas—, ya que su dominio de escena es tan grande que le bastó con un gesto o un movimiento de brazos para que el público, que casi llenó el Arrowhead Pond, lo entendiera y le obedeciera.

Siguiendo con el estilo de toda la gira, el concierto empezó con canciones inscritas en la escuela pop que caracterizó inicialmente al artista, escuchándose así piezas como Dame tu amor y Suave; pero la tendencia musical se dirigió rápidamente hacia composiciones del pasado, cuya interpretación le ha brindado a Luis Miguel en los últimos años un creciente nivel de popularidad entre las señoras, aunque aún lo siguen muchas jovencitas, como lo atestiguó un público en el que se combinaban generosamente las edades.

Le tocó primero el turno a los boleros que formaron parte de su serie discográfica Romances. Y aunque el cantante no ha alcanzado aún el nivel expresivo de un Lucho Gatica —y es probable que no lo haga nunca, porque su escuela formativa fue otra—, hay que reconocer que le brindó intensidad y pasión a títulos tan memorables como Contigo en la distancia, Usted, La barca, El día que me quieras e Historia de un amor, interpretados con una instrumentación moderna que incluía guitarra eléctrica y batería, pero manejados con el respeto que se merecen.

Los temas tradicionales que sí obtuvieran interpretaciones mucho menos apegadas a sus viejas versiones fueron Nosotros (donde destacó un solo de saxo) y La última noche, tocados en un ritmo rápido, y Bésame mucho, cuyos aires rockeros le quitaron ternura y fidelidad al molde primigenio, pero le dieron en contraparte diversidad a un segmento del concierto que hubiera resultado demasiado lento sin estos cambios de velocidad.

La segunda parte de la presentación estuvo dedicada íntegramente a la música ranchera, un género en el que Luis Miguel incursionó recientemente a nivel discográfico, gracias a México en la piel (2004), su más reciente trabajo en estudio.

En este segmento, y con la compañía de un mariachi de 11 elementos (que pareció recurrir en ocasiones al playback para los coros), el intérprete le dio en la yema del gusto a sus numerosísimos seguidores mexicanos, cantando con buen gusto y mucho orgullo canciones como México en la piel, De qué manera y la excepcional Échame a mí la culpa.

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