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Como no hay otro igual

El mexicano cantó baladas, rancheras y boleros, ante un público que deliró.
Esta noche, su último show.
clarin.com 11/12/2005

Es la historia de un amor como no hay otro igual.... El estribillo del bolero Historia de un amor resume la relación entre Luis Miguel y su público. Está claro que aunque el mexicano cantara el Arroz con leche, sus admiradoras enloquecerían igual, sólo porque de su garganta saldría un: "...me quiero casar". Así quedó demostrado una vez más, con su presentación el jueves y el viernes —y sigue hoy— en el estadio de Vélez. Luis Miguel aparece en el escenario y las fans gritan; él empieza a cantar y ellas gritan más; él hace un mohín y... más gritos.

Pero hay que reconocerle que, ya sea con una balada pop, una típica ranchera mexicana o con uno de los boleros que él volvió a convertir en clásicos, Luis Miguel despliega carisma. Y parte de ese carisma está en su voz, que suena con fuerza y convicción en cualquiera de esos registros. O sea, es creíble cuando interpreta.

Con una hora de demora, en una noche clara y ventosa, el cantante apareció en escena atravesando una puerta de papel, en una escenografía casi despojada: apenas unas columnas tipo pérgola, adornadas con flores que le daban cierto aire de portal mexicano al escenario. Eso y una iluminación cuidada alcanzan porque Luis Miguel, de traje negro, piel bronceada y pelo engominado es su propia escenografía. Unos pocos movimientos le bastan para dominar el show.

Para el segmento más pop, donde pasó por Suave, Dame tu amor y Sol, arena y amor, lo acompañaron ocho músicos y dos coristas. Después cambió su saco negro por uno blanco y camisa sin corbata y siguió con los temas más conocidos de sus discos Romance y Romance 2, como No sé tú, Nosotros, Por debajo de la mesa y otros. Con el inicio de cada canción, las chicas y no tan chicas se empeñaban en pararse sobre las sillas de plástico de la platea, a pesar del cartelito que lo prohibía. Los hombres de seguridad tuvieron que hacer esfuerzos sobrehumanos para controlar la situación pero todo era inútil. A cada mínimo gesto de Luismi, las mujeres saltaban como resorte a treparse a las sillas.

"Gracias por estar acá, les mando un saludo cariñoso a toda la Argentina", dijo el cantante, en una de las pocas veces que habló. Se dedicó a cantar más de 30 temas, casi sin parar, apenas interrumpidos por un par de cambios de vestuario. La camisa negra prolijamente desabrochada y el pantalón con la guarda en el costado le pusieron aire de charro para presentar a mis mariachis, con traje y sombrero blancos. Y hubo unas cuantas canciones de su tierra, del disco México en la piel.

Por la pantalla a sus espaldas pasaban flores, velas y llamaradas. Y era de allí mismo también donde se veía su cara, condescendiente y divertida, con el tono desafinado del público.

Con pocos temas nuevos, el final fue con el famoso: ...noche... lluvia... playa, será que no me amas, y una lluvia de papelitos de colores. La luna, que en algún momento amenazó con llenarse de agua, volvía a estar limpia. Como para una serenata.

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